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Pregón Bodas de Isabel de Segura
Por Magdalena Lasala

  Excelentísimas autoridades, queridos visitantes, señoras y señores, amantes del mundo, turolenses todos: celebramos hoy la inmortalidad del amor.

  Febrero es el tiempo del renacimiento de los ciclos; en febrero resurgen los primeros brotes de la semilla, inmolada por su muerte cósmica para la perpetuación de la vida, y la luz proclama su advenimiento sobre el reinado de las sombras animando al fruto para mostrarse poco a poco al ojo humano. En estos días, el invierno, ese gran padre frío y distante, se comprende por fin viejo y se prepara para ceder el trono a su hija doncella, esa primavera, princesa heredera, que amante emocionada extenderá su dominio de pasión sobre los cuatro elementos de la existencia, ejerciendo su sacerdocio en honor del más antiguo de los dioses: el Amor.

  Como aquella Démeter-Proserpina que en cada final de invierno retorna del submundo infernal para que pueda recomenzar el ciclo de la existencia, Isabel de Segura regresa cada año de su propia muerte para revivir entre nosotros la pasión de su amor, como anuncio del cambio y ofreciendo su testimonio: que es la inapelable verdad lo que aguarda inexorablemente detrás de las sombras y más allá del tiempo.  Porque el amor entre Isabel y Diego ha perdurado más allá de la muerte, de los siglos y de los inviernos, perpetuando en el tiempo su huella y grabando en el alma de la historia su legado: que nada puede contra el verdadero amor, fuerza inexorable que pervive después de ellos, en otros que se aman también reviviendo su propia experiencia.
Imagino a la muchacha Isabel de Segura, abrumada bajo el redoble de campanas en el día de su boda, confundidos sus tañidos con los latidos de su alma, deseando huir en brazos de añorado Diego; la imagino obediente al padre que decide para ella su conveniencia, como hija de aquel tiempo, y rebelde contra su destino de desposada sin deseo y sin amor, como mujer de cualquier edad que sabe que es otro su sino. Pero imagino también, antes de ese día, los cinco años de su espera; la siento a ella anhelando ver llegar a su amante más que ninguna otra cosa, soñando con verlo de nuevo, rogando cada día, cada tarde, por su vuelta, y por fin, agotada de espera y de llanto, la presiento luchando contra sí misma por olvidarlo. Quizá Isabel creyó que podía decirle adiós, que ella podría estar sin él, que su amor se doblegaría por fin y que su pasión moriría con el tiempo y con la voluntad matando así el recuerdo de su amante, y que podría, finalmente, borrar su nombre de lo más profundo de su esencia.

  Sin embargo, despertaría sobresaltada en medio de la noche sin duda ahogada porque le faltaría el aire para respirar, comprendiendo en lo más íntimo de su corazón que no podría clausurar el deseo de su amante, ni su añoranza, ni su pertinaz recuerdo, ni su alocado amor por él. El adiós no existía entre ellos, y la muchacha Isabel lloraría de nuevo rota de rabia y de melancolía por un amor que poco a poco iba intuyendo absoluto e  imposible.

  En ese largo invierno de cinco años que fue su separación, una semilla de amor inmutable quedó sembrada en la historia de Isabel de Segura y ella asumió que el proceso llegaría a culminarse, que ese amor llegaría a germinar, que su destino era unirse con su amante Juan Diego, y que ese reencuentro estaba escrito en la memoria del tiempo.

  En el viaje iniciático que en cinco años ambos amantes recorren separados el uno del otro sin poder olvidarse, se consuma el destino de su amor grandioso. Sus almas están unidas aunque sus manos no puedan tocar el rostro del otro, y aunque sus bocas no puedan besarse ni contarse en palabras cómo están sintiendo sus almas. El deseo de reunirse es más fuerte que ninguna otra cosa en sus vidas y se antepondrá a cualquier designio de la ley de la materia. Diego aceptó sin duda el reto invisible que el ansia de Isabel le proponía en su distancia. Los cuerpos no importan, la unión de las almas es mil veces mejor que la unión de los cuerpos, y más eterna, más total, más imperecedera. Y ellos ansiaban la totalidad. Ansiaban no separarse, que nada pudiera dividir en dos lo que el destino dictaba que era uno solo, y admitirían el precio.  No se enfrentarían al tiempo, a la costumbre,  a la vejez, a los reproches, al espejo de lo cotidiano, a las palabras, a todo eso que rompe y maltrata la pasión hasta que el amor acaba por huir.

  Isabel y Diego no permitirán que nada vuelva a separarles, rechazarán la vida el uno sin el otro, y abrazarán la muerte como el único mundo capaz de albergar su infinita pasión. Sólo en la muerte su amor podrá hacerse eterno y sus nombres pervivirán por siempre entrelazados  para la historia.

  Como en una boda cósmica los amantes de Teruel sellan la eternidad de su amor más allá de lo terrenal, en una ceremonia en la que eros y tánatos se funden en el juego de besos perdidos para siempre que sin embargo abren la puerta al abrazo de las almas.  Diego no quiere vivir sin Isabel y se inmola en el fuego de un beso no recibido mostrando al mundo su decisión de morir para no matar su pasión, y ella no quiere perderlo otra vez. No quiere seguir esperándolo más, y esta vez lo seguirá allá donde él vaya. Isabel no quiere tampoco vivir sin su amante,  nada podrá contener ya su deseo infinito, rebosado, y se entrega a la hoguera de un beso que es el sello de su eternidad, que es unir su destino al de su amante, tomar la esencia de él para fundirla con la suya, unir sus almas para una muerte que será resurrección para su amor y para su unión, ya para siempre indisoluble. Isabel y Diego pagan el precio de su grandioso amor, morir a la vida para vivir más allá de la muerte. Isabel de Segura siempre será una adolescente enamorada, una bella joven que siguió a su amante allá donde era posible su amor. Diego de Marcilla siempre será el héroe hermoso que regresa a buscar a su amada para romper en pedazos las cadenas que les prohíben amarse. El amor transgresor, el amor el más fuerte, el vínculo más poderoso, la única redención posible para el ser humano, el amor, la libertad.  En su pasión de sentidos desbordados, enloquecidos y entregados por fin al abandono, Diego e Isabel nos transmiten la enorme lección que todos alguna vez hemos necesitado comprender: que existe un lugar, que existe un mundo, donde nuestros sueños pueden ser posibles.

  Cada año, en maravilloso ritual de advenimiento del período fecundo de la tierra, celebramos el reencuentro definitivo de los amantes de Teruel para revivir en su amor la chispa mágica que reúne a todos los elementos que producen la vida a nuestro alrededor; ellos vuelven a nuestro mundo de materia para recordarnos, que no se nos olvide, que es el amor el origen de las cosas, el amor quien aporta armonía al caos, el amor el que ajusta, conjuga y enlaza las diversas piezas constitutivas del Universo, la luz y la sombra, el norte y el sur, la noche y el día, los opuestos, las polaridades, los matices, las diferencias enriquecedoras, los ingredientes diversos y múltiples de una vida en la que es posible el amor, porque ha sido posible el suyo, el amor imperecedero y grandioso de los amantes de Teruel.

  Por tres días y sus tres noches asistimos y somos protagonistas de la historia renovada de vida, muerte y resurrección de Isabel y Diego y de su amor, que es la historia misma de los ciclos naturales de la tierra, la luz y el agua danzando con el fuego, la noche y el aire, mostrando al mundo que es posible la magia del fruto que brota cuando parecía que no se había plantado semilla, y alzando la voz más potente y audible en todos los confines, que es la voz del alma, la voz de la fe, la fuerza y el tesón.

  Turolenses todos, visitantes, amantes, presentes todos, por el milagro siempre vivo del renacimiento de los ciclos en cada año, veréis de nuevo, en estos tres días, a los amantes de Teruel amarse y elegirse otra vez.

  Por la magia de la memoria rediviva, veréis de nuevo a Isabel enamorada rebelde a lo que no es su destino, aventurándose con Diego al desafío del amor perpetuado más allá del tiempo,  y veréis a Diego ir a buscarla, entregándose sin reservas al todo o nada; los veréis enfrentados al imposible y los veréis por fin remontar los escollos, las turbulencias, la desesperanza y el miedo, para convenceros a vosotros una vez más,  que la firmeza de las convicciones trae por fin el triunfo de la resurrección, que todo lo puede la fuerza del valor, que los sueños se culminan si creemos de verdad en ellos.

  Sois vosotros, turolenses de corazón libre y horizonte abierto, el regalo que el destino otorgó a Diego e Isabel  a cambio del beso que nunca llegó a consumarse en sus bocas. Sois la promesa de eternidad para su pasión, que por tres días renace en fiesta de los sentidos para alcanzar más certeramente la elevación del mensaje y su espíritu.  Por tres días, uno por Isabel, otro por Diego, otro por su amor; uno por la vida, otro por el sueño, otro por el renacimiento; uno por el pasado de esta tierra, otro por el presente de sus ideales, otro por el futuro de Teruel.

Turolenses y amantes todos:

¡Que empiece la fiesta, que siga la fiesta, que no acabe nunca el amor!
¡Por el amor, por el deseo y por Teruel, que vivan por siempre los amantes Diego e Isabel!

(c) Magadalena Lasala
Enero de 2003

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Web oficial de la Fundación  'Bodas de Isabel de Segura'. Idea y  dirección Raquel Esteban - Teruel
Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización expresa.
 

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