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¿Se puede morir de amor?
Por Rafael Gómez Navarro
(Médico de familia)
 
Acto V. Escena III

MARSILLA Isabel me aborrece... ¡Me engañaba!
Aquí siento... ¡qué angustia! Yo la adoro.
y ella me aborrecía... ella me mata.
(Muere.)


ISABEL Madre mía! ¡Favor! Marsilla... ¡Cielos!
Parado el corazón, la frente helada.

..
 
Acto V. Escena IV

ISABEL Yo le maté: quise alejarle...
que le odiaba le dije... El sentimiento,
el espanto... ¡Y mentí!

Pero también de mí se apiada el cielo.
Ya de la eternidad me abre la puerta,
y de mis ojos huye el mundo entero,
y una tumba diviso solamente
con un cadáver, y a su lado un hueco.

¡Marsilla...! Yo te amé, siempre te amaba...
Tú me lloraste ajena, tuya muero.

(Arrójase sobre el cuerpo de DON DIEGO, y expira
quedando de rodillas abrazada con él)

Los Amantes de Teruel: drama en cinco actos en prosa y en verso. (1837)
Juan Eugenio Hartzenbusch


  Desde que en 1997 se comenzaran a celebrar en Teruel la que ya es una de sus fiestas más importantes, 'Las Bodas de Isabel de Segura', propios y extraños continuamos emocionándonos con la recreación en nuestras calles de estos pasajes de la historia de Los Amantes.

  A día de hoy podemos admitir que la historia-leyenda que ha llegado hasta nosotros transmitida de generación en generación, además de ser verosímil, sucedió con una alta probabilidad tal y como la conocemos en lo fundamental de su contenido.

  Partiendo en 1619 del Protocolo Notarial de Yagüe de Salas -notario, escribano, secretario y archivero del Concejo de la ciudad de Teruel - y hasta el completísimo estudio de José Luis Sotoca en 2005 son muchos los datos que nos permiten afirmarlo.

  En el plano puramente científico, destacar como también en 2005 se hicieron públicos los resultados de los trabajos encargados por el Gobierno de Aragón para estudiar las momias de Los Amantes. Fueron llevados a cabo por miembros del equipo de Atapuerca y analizadas por la Universidad Complutense de Madrid, el Instituto Carlos III de Madrid y el Instituto de Evolución y Comportamiento Humano. Las muestras de piel y tejido muscular que se obtuvieron fueron analizadas con la técnica del carbono-14. Los resultados fueron concluyentes: los restos corresponden a un hombre y una mujer de la época que describe la tradición, entre 1300 a 1390.

Sin embargo, y a la luz del rigor científico no podemos afirmar cual fue la causa de la muerte de los protagonistas. Pero, ¿pudieron suceder las muertes de Isabel y Diego tal como nos narra la historia? ¿Que pudo pasar en el organismo de dos jóvenes aparentemente sanos para que murieran de esa manera? ¿Realmente la causa fue la pena por no poder unirse en vida? Es más, desde un punto de vista más general ¿se puede morir de amor?

Si investigamos sobre este tema podemos encontrar algunos trabajos que nos ofrecen respuestas interesantes a esta cuestión. En este sentido, fueron el cardiólogo japonés Dr. Sato y su equipo los primeros quienes en 1991 estudiaron y aportaron algunos datos científicos que justificaran de algún modo estas “muertes por amor”. Publicaron un trabajo que recogía 5 casos de pacientes que habían padecido ataques cardiacos parecidos a un infarto, que habían sucedido en relación con una tensión emocional previa muy acusada.


Hasta entonces, estos fallecimientos bruscos fruto de un desengaño amoroso o de la pena por el amante perdido, como en el caso de nuestros Isabel y Diego tenían sólo interés para poetas o literatos y formaban parte del ideal romántico de muchos. El “no puedo vivir sin ti” o “me estas rompiendo el corazón” nos podrían parecer frases hechas que solo ponían de manifiesto un estado de ánimo y en ningún caso una amenaza real para el que la estaba pronunciando. Sin embargo, estos científicos dieron a estas situaciones una categoría médica y un nombre: el síndrome de Tako Tsubo, más conocido como síndrome del corazón roto (broken heart syndrome).


Este síndrome se da básicamente por amor y varias condiciones psicológicas o físicas han sido identificadas como factores precipitantes, entre los que destaca el estrés emocional inusual e intenso. Existen casos bien documentados desencadenados por la noticia del suicidio de un hijo, de la muerte del esposo o de un familiar o amistad muy cercana. También se han descrito como causa una discusión familiar grave o ser víctima de un asalto. Se llega a creer que cualquier circunstancia que ocasione estrés emocional severo puede provocarlo.

El cardiólogo español Valentín Fuster, director del Instituto Cardiovascular de la Escuela de Medicina Mount Sinai de Nueva York y presidente de la Federación Mundial del Corazón, resalta la importancia que tiene el estrés emocional en el desarrollo de las enfermedades coronarias pudiendo llegar a causar un infarto. Pero este sobre todo puede afectar a alguien que ya padezca una enfermedad coronaria o tenga antecedentes que lo predispongan como hipertensión o hipercolesterolemia. A diferencia de esto, los casos de corazón roto ocurren mayoritariamente en pacientes previamente sanos y sin factores de riesgo cardiovascular.

Entre los años 1999 y 2003 el síndrome del corazón roto fue estudiado con detenimiento por cardiólogos del Hospital Johns Hopkins de Baltimor. Sus resultados, que fueron publicados en la prestigiosa revista The New England Journal of Medicine, permitían llegar a la conclusión de que un estrés emocional repentino puede provocar debilitamiento serio pero reversible del músculo cardíaco, que se parece a un clásico infarto.

  Estos médicos observaron cómo algunas personas reaccionaban ante una situación de estrés emocional liberando a la sangre de una forma sostenida y durante varios días altas dosis de unas sustancias denominadas catecolaminas, especialmente adrenalina y noradrenalina ambas producidas por las glándulas suprarrenales, junto con otras proteínas que habitualmente genera el sistema nervioso cuando está excitado.

  Los niveles de estas sustancias encontrados en los pacientes que habían sufrido este síndrome del corazón roto eran entre 2 y 3 veces más altos que en aquellos que habían sufrido un infarto y entre 7 y 34 veces más altos que los valores normales.

  Se cree que la liberación masiva de estas sustancias las convierte en tóxicas para el músculo cardiaco, alterando su contractibilidad y provocando los mismos síntomas que un clásico infarto –dolor torácico, dificultad para respirar y fallo cardiaco- pero sin provocar muerte celular. A la similitud del cuadro clínico que presenta el paciente se añade también, lo que aumenta la dificultad en el diagnóstico, que en ambos casos el electrocardiograma nos presenta alteraciones que son muy similares. Sin embargo, el estudio de las arterias coronarias no muestra ninguna obstrucción y las pruebas de sangre tampoco revelan signos típicos de un ataque cardiaco, como niveles elevados de las enzimas cardiacas liberadas en el torrente sanguíneo por el músculo cardiaco dañado.

  En el síndrome del corazón roto una parte del órgano deja de contraerse, quedando inmóvil, como muerto, mientras que otras partes laten de una forma desordenada. Generalmente la base del corazón continua latiendo de manera habitual mientras que la parte central y distal pierde su capacidad de contracción. Consecuencia de esto, el corazón roto deja de bombear sangre con normalidad, causando edema pulmonar y pudiendo llevar al fallecimiento de quien sufre una pena.

  Fueron precisamente estas alteraciones en la forma de contraerse el corazón que modifican la normal morfología del ventrículo lo que llevó a denominar a este síndrome como Tako-Tsubo. La forma que adquiría el corazón se asemejaba a un recipiente de cuello angosto y base globular ancha que los pescadores japoneses emplean para capturar pulpos (del japonés Tako, pulpo y Tsubo, olla). (Imagen)

  Desconocemos cuál es la razón por la que las mujeres mayores parecen ser más propensas a padecerlo. Sabemos eso si que los estrógenos producidos por los ovarios protegen el corazón, y podría ser que éste se volviera más vulnerable cuando aparece la menopausia y el cuerpo de las mujeres produce menos cantidad de esta hormona.

  Tampoco sabemos cual es el motivo por el que este cuadro se produce preferentemente en los meses de primavera y verano.

  Recientemente, el American Journal of Cardiology daba cuenta de una investigación en pacientes diagnosticados de síndrome de corazón roto de dos centros médicos de la Universidad de Brown en Providence, Rhode Island, a los que se atendió entre 2004 y 2008 y a través de la cual se constató que durante el año que sigue a la muerte de la pareja la viuda tiene el doble de posibilidades de morir que las demás mujeres. Y que en el caso de los hombres, esta probabilidad se multiplica por 6. La sabiduría popular no lo ignora: “se ha muerto ella y poco después, la pena hará que el le siga”.

  El síndrome del corazón roto es reversible si se diagnostica en fase temprana y se trata adecuadamente. Los pacientes son hospitalizados y en pocos días la recuperación es la norma sin sufrir daños permanentes en sus corazones que deterioren su calidad de vida. Además, otra de sus características es que no se suele repetir en una persona que lo ha sufrido.

  Es fácil imaginar la escena al pie del balcón de Isabel. Diego acaba de regresar a Teruel con la fortuna necesaria para ser merecedor de la mano de su amada. Sin embargo, la boda con Pedro Fernandez de Azagra ya se ha celebrado. Le pide al menos un beso que ella le niega. Pertenece ya a otro hombre. El sufrimiento de Diego es infinito. Se lleva la mano al pecho tratando de aliviar el fuerte dolor que le oprime. Le falta el aire. No puede respirar. Un frío sudor perla su rostro. Su corazón no encuentra sentido para seguir latiendo. La pena se lo ha roto. Poco después cae fulminado.

  A la mañana siguiente, una Isabel enlutada y protegido el rostro con un velo, sale entre el gentío que acompaña al cadáver de Diego. La tristeza y la angustia son sus únicas compañeras. Quiere dar a su amado lo que le negó la noche anterior. Se agacha al catafalco y acaricia antes de besar su yerta faz. Su alma está herida de muerte. Cae desplomada. Tampoco su corazón ha podido resistir la pena.

  No sé si Isabel y Diego murieron víctimas del síndrome del corazón roto. Intuyo además que nunca lo sabremos. Es difícil que la ciencia pueda darnos una respuesta inequívoca. Tampoco me importa mucho. Además yo, madrileño de origen que ha hecho de Teruel su casa, tengo la certeza de que murieron por amor. No necesito más demostraciones. Todos los que conocemos la historia sabemos que no hay mayor muestra de amor que morir por amor. Un amor que genera amor y que ha trascendido siendo capaz de ilusionar y movilizar a toda una ciudad. Un amor que despierta la admiración de todos los que nos visitan y que ha convertido a Teruel en la ciudad del amor.



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